miércoles, 27 de julio de 2016

DIARIO DE UN PERRO ABANDONADO.


1º SEMANA: ¡Hoy cumplí una semana de nacido…! Qué alegría haber llegado a este mundo.
1º MES: Mi mamá me cuida muy bien. ¡Es una madre ejemplar!
2 º MES: Hoy me separaron de mi mamá. Estaba muy inquieta, y con sus ojos me dijo adiós, esperando que mi nueva “familia humana” me cuidara también como ella.
4º MES: He crecido rápido; todo me llama la atención, hay niños en la casa que para mí son “mis hermanitos”. Somos muy inquietos, ellos me jalan la cola y yo le muerdo jugando.
5º MES: Hoy me regañaron. Mi ama se molestó porque me hice “pipi” dentro de la casa; pero nunca me han enseñado donde debo hacerlo. Además duermo en la recamara ¡Ya no me aguantaba!
8º MES: Soy un perro feliz. Tengo calor de un hogar, me siento tan seguro, tan protegido. Creo que mi familia humana me quiere y me consciente mucho. Cuando están comiendo me convidan. El patio es para mí solito y me doy vuelo excavando como mis antepasados lobos, cuando escondieron su comida. Nunca me educan, ha de estar bien todo lo que hago.
12º MES: Hoy cumplí un año. Soy un perro adulto. Mis amos dicen que crecí mucho más de lo que ellos pensaban, ¡Que orgullosos deben de sentirse de mí!
13º MES: Que mal me sentí hoy, mi “hermanito” me quitó la pelota. Yo nunca le agarro sus juguetes. Así que se la quité. Pero mis mandíbulas se han hecho muy fuertes, así que lo lastime sin querer. Después del susto me encadenaron, casi sin poderme mover, al rayo del sol. Dicen que van a tenerme en observación, y que soy ingrato. No entiendo nada de lo que pasa.
15º MES: Ya nada es igual… vivo en la azotea. Me siento muy solo… mi familia ya no me quiere. A veces se les olvida que tango hambre y sed. Cuando llueve no tengo un techo que me cobije.

16º MES: Hoy me bajaron de la azotea. De seguro mi familia me perdonó. Yo me puse tan contento, que daba saltos de gusto. Mi rabo parecía rehilete. Encima de eso, me van a llevar con ellos de paseo. Nos enfilamos hacia la carretera y de repente pararon. Abrieron la puerta y bajé feliz, creyendo que haríamos nuestro “día de campo”. No comprendo porque cerraron la puerta y se fueron ¡Oigan, esperen! Ladré… ¡Se olvidan de mí! Corrí detrás del coche con todas mis fuerzas, mi angustia crecía al darme cuenta que casi me desvanecía y ellos no se detendrían. Me habían abandonado.
17º MES: He tratado en vano de buscar el regreso a casa. Me siento solo y estoy perdido. En mi sendero hay gente de buen corazón que me ve con tristeza y me da algo de comer. Yo les agradezco con una mirada desde el fondo de mi ser. Yo quisiera que me adoptaran y sería leal como ninguno, pero solo dicen “pobre perrito”, se ha de haber perdido.
18º MES: El otro día pase por una escuela y vi muchos niños y jovencitos con mis “hermanitos”. Me acerqué, y un grupo de ellos, riéndose, me lanzaron una lluvia de piedras, a ver quien tenía mejor puntería. Una de esas piedras, me lastimó un ojo, y desde entonces ya no veo con él.
19º MES: Parece mentira, cuando estaba más bonito se compadecían más de mi. Ya estoy muy flaco; mi aspecto va cambiando. Perdí mi ojo y la gente más bien me saca a escobazos cuando pretendo echarme en una pequeña sombra.
20º MES: Casi no puedo moverme. Hoy al tratar de cruzar una calle por donde pasan muchos coches, uno me arrolló. Según yo estaba en un lugar seguro llamado cuneta, pero nunca olvidaré la mirada de satisfacción del conductor que hasta se ladeó con tal de centrarme. Ojalá me hubiera matado. Pero solo me dislocó la cadera. El dolor es terrible, mis patas traseras no me responden y con dificultades me arrastré hacia un poco de hierba a la ladera del camino.
Tengo 10 días bajo el sol, la lluvia, el frío, sin comer. Ya no me puedo mover. El dolor es insoportable. Me siento muy mal; quedé en un lugar húmedo y parece que hasta mi pelo se está cayendo. Alguna gente pasa y ni me ve; otras dicen, “No te acerques”.
Ya casi estoy inconsciente; pero alguna fuerza extraña me hizo abrir los ojos. La dulzura de su voz me hizo reaccionar “pobre perrito, mira como te han dejado”, decía… Junto con ella venía un señor con bata blanca, empezó a tocarme y dijo: “Lo siento señora, este perro ya no tiene remedio, es mejor que deje de sufrir”. A la gentil dama se le salieron las lágrimas y asintió. Como puede, moví mi rabo y la miré agradeciéndole que me ayudara a descansar. Solo sentí un piquete de la inyección y me dormí para siempre pensando porque tuve que nacer si nadie me quería...
FIN.




No hay comentarios:

Publicar un comentario