sábado, 26 de marzo de 2016

Zapatos ajenos.


A quien juzque mi camino le presto mis zapatos.

Ponerse en el lugar del otro no es saber qué siente, justamente no se trata de saber. Ponerse en el lugar del otro no tiene nada que ver con el conocimiento, tiene que ver con sentir, con comprender.
Ponerse en el lugar del otro, es escuchar lo que el otro escucha, ver con sus ojos lo que él ve y sentir lo que él sintió.
Ponerse en el lugar del otro es encarnar lo que siente, es sentír miedo si el otro está asustado, es vivenciar su dolor, sentir la rabia de su enojo o el suplicio de su amor.
Ponerse en el lugar del otro no es aceptar sus locuras, es comprenderlas con el corazón. Es dejar el juicio de lado, es sentir compasión.
Nos vemos diferentes, vivimos diferentes, hacemos cosas distintas, y reaccionamos en formas incomparables, pero nuestros corazones laten con sueños muy similares. Esa es la única razón por la que si conseguimos ponernos en el lugar del otro, entonces aparece la comprensión.

“….Se desvistió de prejuicios, tomó esos zapatos ajenos y se los calzó. Ahí se dedicó a escuchar lo que él escuchaba, a mirar con los ojos que él veía y a sentir con su corazón. Sólo entonces pudo acercarse, porque fue justo ahí cuando lo comprendió…”
No debemos dejar que los juicios ajenos condicionen nuestra vida. Si bien las críticas constructivas pueden ayudarnos a crecer, debemos aprender a ignorar aquellas que pretendan hacernos daño.







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