domingo, 8 de febrero de 2015

“El cielo en sus ojos”


Su pelo, muy rizado, parecía divertirse cada noche componiendo caóticos cardados en su cabeza. Su madre tenía que mojar, suavizar, desanudar y peinar su cabello mezclando las prisas de las mañanas y las lágrimas de la pequeña. Sin embargo, la niña ya estaba acostumbrada, había aceptado el tormento del peine como algo cotidiano y necesario, "toda mujer tiene que sufrir para estar bella", decía su madre.
Era bajita, de piernas cortitas, piel y ojos muy oscuros. Pero no sufría de complejos. Lo que no tenía asumido era el color de sus ojos. Ella deseaba deslumbrar con un iris del más intenso azul, maravillar a la gente con el cielo retenido en sus ojos y que fueran tan azules y bellos como los de esa niña tan guapa y popular de su clase.

Así que desde adolescente comenzó a delinear con esmero sus negrísimos ojos con un perfilador azul cobalto, del azul más celestial que pudo encontrar. Se convirtió en una maestra en sombras, perfiladores y máscaras de pestañas, se redibujaba la mirada con el color del mar, con azul chillón, azul aciano, azul aguamarina, azul celeste, azul metálico, azul turquesa...

Él se enamoró de ella porque supo adivinar la mirada límpida y cándida debajo de tanto cosmético. Por ella, pintó de azul las paredes de su nuevo hogar y colocó lámparas de lágrimas eternas que bañaban las habitaciones de un luminoso azul. Todos los días traía para su amada inmensos ramilletes de hermosas azulinas que inundaban el dormitorio, la sala de estar y la cocina.

Con el tiempo y sin darse apenas cuenta, ella dejó de maquillar sus complejos porque podía ver sus auténticos ojos en la mirada de su enamorado y en el reflejo de los espejos, teñidos ahora del azul del hogar.

Cuando él murió, las cálidas lámparas dejaron de brillar, las paredes perdieron de golpe su bonito color y las flores mustias y abandonadas en sus jarrones lloraron la ausencia de su cuidador.

Ella regresó del funeral, miró a su alrededor buscando en vano algún reflejo pasado, algún pequeño destello perdido o solitario en algún rincón. Tomó su minúscula maleta azul y emprendió el camino al mar. Allí se sentó, en la orilla, con el color del cielo y el mar fundiéndose en sus ojos.

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