sábado, 13 de agosto de 2016

Descubramos que somos adictos al conflicto.


Si somos muy honestos con nosotros mismos, si intentamos practicar la autoobservación de nuestra mente y emociones a diario y vamos aprendiendo a registrar nuestro estado interno, seguramente descubramos que somos adictos al conflicto.

A medida que transitamos nuestro Camino también vamos aprendiendo a sentir cada vez más paz dentro nuestro. Pero aun así, son muchas las ocasiones en las que esta paz interior se verá interrumpida. Es cierto que en el mundo nos pueden suceder diversas situaciones difíciles, por ejemplo encontrarnos con alguien que obra de una manera injusta que nos perjudica o perjudica a alguien cercano a nosotros.

Entonces, en situaciones como esa, es más entendible sentir la sensación de conflicto adentro y será nuestro desafío poder tomar e integrar esas experiencias como parte de nuestro Camino, y así transformarlas en material útil para nuestra evolución y sanación.

Pero también habrá muchas ocasiones en las que no ocurre nada en el aparente afuera, y digo “aparente” porque como ya sabemos, todo lo que nos sucede afuera se suele tratar, en realidad, de nuestra propia proyección interna manifestada afuera. Más allá de esta aclaración, cuando no ocurre nada fuera de nosotros, es cuando más claramente podremos observar la adicción que tenemos a los conflictos.

Nuevamente, siendo muy sinceros cada uno consigo mismo, ¿cuántas veces nos ha ocurrido que estando en un estado de relativa paz, tal vez haciendo algo de la vida cotidiana, como desayunar, lavar unos platos, manejar para ir al trabajo o lo que sea, nos aparece en la mente una situación conflictiva, de repente te acuerdas de aquella vez que te trataron tan injustamente, que te dejaron de lado, que te engañaron, que te decepcionaron o lo que fuere, así esto haya sucedido hace años? Si no estamos atentos, los pensamientos se vuelven cada vez más fuertes, y pronto impactan en nuestras emociones y en nuestro cuerpo físico, y nos sentimos pésimamente, ya sea por una sensación de angustia que nos genera un nudo en la garganta, o una sensación de ira y sutiles deseos de venganza que se transforman en una sensación sumamente incómoda en nuestro estómago o en nuestro plexo solar. Y así perdemos nuestra paz y somos nosotros los principales perjudicados.

Explicando esto a nivel científico, desde la Neurociencia está comprobado que nuestro cerebro no distingue entre una experiencia que estoy viviendo o una experiencia que estoy imaginando. Cuando recuerdo e imagino una experiencia vivida, el cerebro produce los neuroquímicos y las hormonas que se implicaron en esa experiencia. Y si se trata de una experiencia traumática o de conflicto, nuestro cerebro producirá aquellos neuroquímicos que generan estrés, ansiedad, insomnio, tendencia a la agresividad.

Esto es debido a que esa experiencia me generó un gran impacto emocional, y al recordarla, vuelvo a revivir las mismas emociones, activando el mismo circuito neuroquímico y hormonal que se vio implicado en dicha experiencia.

Se han hecho estudios al respecto. Por ejemplo, se le ha pedido a un corredor profesional que se imagine lo más claramente posible corriendo una maratón, y se ha comprobado que en su cerebro se activaban los mismos circuitos neuronales que se activaban durante la maratón. Esto hacía que los músculos entren en una actividad muy similar a la que tenían durante la carrera real.

Y podemos hacer otro experimento ahora mismo. Imagina que cortas un gajo de limón bien ácido y te lo pones en la boca. A continuación observa la sensación que esto te produjo en tus papilas gustativas.


Y explicando esta adicción desde el conocimiento espiritual, esto se debe a la mismísima naturaleza de nuestra personalidad o ego, esa parte ilusoria de nosotros que más se potencia y más toma el mando cuando más estamos separados de nuestra Esencia o Ser Espiritual.

Nuestra personalidad, en su estado disfuncional, por su naturaleza necesita de la separación y del conflicto para subsistir. No es que tener personalidad o ego “esté mal” o que tengamos que hacerlo desaparecer, ya que es parte de nuestra existencia como seres humanos encarnados en un cuerpo físico. Pero podemos integrarlo y dejar que ocupe el lugar que le corresponde, sanamente comandado y al servicio de nuestro Ser. Dicho de otra forma, podemos ir aprendiendo a no tomarnos nuestra personalidad o ego tan en serio, entregándonos cada vez más a nuestro Ser.

Otra manera en la que se puede manifestar nuestra adicción a los conflictos es cuando consciente o inconscientemente vamos buscando conflictos concretos con los que involucrarnos, con distintas personas y situaciones diversas. Por ejemplo, entrar en controversias políticas, ideológicas, o incluso, controversias espirituales y existenciales. Esto no quiere decir que “esté mal” ir teniendo nuestro propio pensamiento independiente o ir madurando nuestra propia visión del mundo y de la realidad o que no nos tengamos que involucrar con nada de ello. Pero requiere, nuevamente, de mucha honestidad estar atentos a cuándo podemos estar utilizando estas cuestiones para satisfacer nuestra necesidad de alimentarnos de algún conflicto de turno y experimentar estos baños de neuroquímicos y hormonas a los cuales podemos estar siendo adictos, así como se puede ser adicto a cualquier otra substancia externa.

Las herramientas que disponemos para ir revirtiendo esta adicción a los conflictos son muchas. Una de las principales puede ser la autoobservación de nuestra mente y emociones, y el aprender a desidentificarnos de ellas. La idea es no darle fuerza a ese pensar y sentir que nos hace mal. Esto no quiere decir que el pensamiento sea algo malo, por el contrario, el pensar es una gran herramienta que muchas veces nos permite solucionar problemas, así como una mano es una herramienta que nos permite hacer muchas cosas. Pero lo solemos utilizar mal y nos solemos hacer daño. Sería como si usáramos nuestra mano para golpearnos a nosotros mismos.

La idea de esta herramienta simplemente es observar al pensamiento, intentar ser el observador, el testigo de nuestra mente, en lugar de estar tan identificados con ella. Solemos creer que somos el pensador. Pero en realidad somos esa presencia, esa conciencia, que está “detrás”. Y podemos ir cada vez más hacia allí, siendo un espectador, que mira todo lo que va sucediendo en nuestra mente y emociones como si de una película o un desfile se tratase. Y este simple hecho de dar un paso al costado y ser el observador, nos da muchísima paz.

Podemos integrar esto con muchas otras herramientas, por ejemplo la observación de nuestro cuerpo interior. Cuando los pensamientos de conflicto ya se han hecho muy fuertes y se transforman en emociones que impactan en nuestro cuerpo como describíamos antes, podemos enfocar y sostener nuestra atención en estas partes del cuerpo que se sienten incómodas, y respirar conscientemente. Al ya no estar alimentando más los pensamientos de conflicto y sostener esta observación, se comienza a dar la transformación de estos estados disfuncionales. Y para ayudarnos en esta transformación y liberación, siempre podemos contar con la asistencia de los Reinos Espirituales.

Por supuesto, como todo, esto es algo que se va aprendiendo, y lo iremos comprendiendo mejor y lo transformaremos en un hábito al practicarlo sostenidamente en el tiempo




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