jueves, 5 de mayo de 2016

"Carta de un perro que ya murió".


Compañero mío, amigo de tantas batallas, estoy aquí agradecido que un día pusieras en mi alma un manantial de esperanza.
Te agradezco la vida dulce, los juegos limpios y cómplices de una felicidad antes negada.
Te agradezco la mano sincera y las palabras tiernas que solo un ser como tu dio de regalo a mi sombra.
Te agradezco la amistad pura que diste a este ladrón de cariños, una amistad diáfana como el roció del alba.

Te agradezco las mil y una veces que juntos caminamos por el sendero de la confianza.
Te agradezco los años que pasaron y la ternura que dabas.
Te agradezco la dignidad de mi vejez, el no largarme de casa cuando mis patitas viejas se negaban a soportar el peso de mi espalda.
Te agradezco el entender incluso, mi vergüenza al hacer pis en casa, porque mis huesos débiles al tratar de caminar se cansaban.
Te agradezco el silencio, el no recriminar ni por un segundo que ya no pudiera jugar contigo.

Te agradezco el plato de comida dada de tu mano querida cuando entendiste que mi cabeza no alcanzaba ya la taza.
Te agradezco el amor puro de tus abrazos cálidos, dados con tal fuerza que me alimentaban el alma.
Te agradezco los secretos que en tu corazón se escondían y el sentimiento intenso al compartirlos conmigo.
Te agradezco la tarde aquella, en que me llevaste a casa, luego que el doctor te diga “inyección, único remedio, para este patitas largas”.
Te agradezco la solidaridad que demostraste y el que por horas me tuvieras entre tus pecho besándome con calma.
Te agradezco tu respiro al lado del dolor de mi cuerpo, dolor que se apaciguaba con la caridad de tu espíritu.

Recuerdo la noche aquella cuando juntos en la entrada de casa, la luna alumbraba mi cuerpo enjuto y las estrellas brillaban, expectantes y curiosas el final de una etapa. Mi cuerpo viejo y gastado se aferraba a ti quejumbroso, disfrutando de la paz de aquel precioso momento.
Y fué entonces cuando la parca me recibía con ansias, que te negaste y me estrujaste tan fuerte al dolor de mi nariz congelada... llorabas por este pedazo de carne ya tendido ante el umbral de la vida. Ese pedazo de carne que sin ser racional te idolatrába.

Te agradezco el calor de tu abrazo, la ternura de tu voz y el sonido de tus latidos... me dieron la confianza para seguir.
Una de tus lágrimas acompaño el cerrar de mis ojos. Fue la estrella bendita que alumbró mi camino.

Y fue empezar a andar y andar.

Y andando, andando llegué el cielo de los perros.

Allí Dios me pregunto si había sido feliz, asentí con un ladrido moviendo mi cola larga.
Me abrió las puertas del cielo y me dijo que te espere allí, sentado en una estrella designada para mí.
Le respondí, “hoy no Señor, quizás regrese mañana, quiero seguir a su lado hasta que te entregue su aliento. Quiero mostrarle el camino yo mismo, quiero regresar a casa y quiero (si no es mucho) esperarlo como siempre en la puerta de la entrada”.
El señor emocionado me dijo “Pequeño de albas, la lealtad es un regalo que con terquedad guardas.Ve, tu saco de pulgas a consolar su soledad, ve pues, blanco arlequín de largas orejas ralas”.
Partió Dios la estrella en mil pedazos para que me alumbre el sendero, no sin antes regalarme un pulcro ovillo de plata.”Y este ovillo no lo muerdas, será tu guía indiscreta en los campos de su alma, con el lo verás siempre, por las tardes, por las noches, incluso por las mañanas”.
Partí raudo y feliz, cargado de ilusiones. Partí con mi estrella de hueso, mi cielo de sueños reales y mis orejas de palma.
Y aquí estoy pues ahora expectante, a que llegues de nuevo a casa. Aquí va el soldado de pelos, que con ansiedad en el corazón te llama.

Cuando te sientas solo mi amo y te invada la nostalgia, ¡mira! que me verás desde el viejo sofá, parado en la puerta de casa. Allí estaré, esperare, así sea por centurias, te acompañaré en las frías noches cuando te sientas solo y sin esperanzas. Te seguiré en tus sueños por el hilo de plata, por aquellos verdes prados en los que ensuciaba mis patas.
Y cuando des tu último suspiro sentirás mis belfos húmedos, ofreciéndote mi estrella, mi cielo y mi lengua mojada.
Estaré allí dándote el amor que un día por mí te broto del alma.





No hay comentarios:

Publicar un comentario