viernes, 20 de junio de 2014

LA BALANZA.

Una mujer pobremente vestida, con un rostro que reflejaba tristeza entró a una tienda, se acercó al dueño y de manera humilde preguntó si podía llevarse algunas cosas a crédito; con voz suave explicó que su esposo estaba muy enfermo y que no podía trabajar, tenían siete niños y necesitaban comida, el dueño no aceptó y le solicitó que abandonara la tienda.
Sabiendo la necesidad que estaba pasando su familia la mujer rogó:
- “Por favor señor, se lo pagaré tan pronto como pueda”.
El dueño le dijo que no podía darle crédito, ya que no tenía una cuenta de crédito en su tienda; de pie, cerca del mostrador, se encontraba un cliente que escuchaba la conversación entre el dueño de la tienda y la mujer.
El cliente se acercó y le dijo al dueño de la tienda que él se haría cargo de lo que la mujer necesitara para su familia; entonces el dueño, amoscado, preguntó a la mujer:
- “¿Tiene usted una lista de compras?”

La mujer dijo:
- “Si señor.”
- “Está bien,” dijo el dueño, “ponga su lista en la balanza de platos y lo que pese su lista le daré en comestibles”.
La mujer titubeó por un momento y cabizbaja buscó en su cartera un pedazo de papel; escribió algo en él y lo puso, triste aún, en un plato de la balanza. Los ojos del dueño y del cliente se llenaron de asombro, cuando el plato de la balanza donde estaba el papel se hundió hasta el fondo y se quedó así; el dueño sin dejar de mirar la balanza dijo:
- “No lo puedo creer”…
El cliente sonrió y el dueño comenzó a poner comestibles en el otro plato de la balanza; la balanza no se movía, por lo que continuó poniendo más y más comestibles, hasta que se llenó; el dueño se quedó pasmado con un gran asombro. Finalmente, agarró el pedazo de papel y lo miró con mucho más asombro….
No era una lista de compra, era una oración que decía:

“QUERIDO SEÑOR, TÚ CONOCES MIS NECESIDADES Y YO VOY A DEJAR ESTO EN TUS MANOS”
El dueño de la tienda le entregó los comestibles que había pesado y quedó allí en silencio. La mujer agradeció y abandonó la tienda; el cliente entregó un billete de cincuenta dólares al dueño y le dijo:
- “Valió cada céntimo de este billete, ahora sabemos cuánto pesa una oración”.




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