sábado, 22 de agosto de 2015

Lo que no me habían dicho sobre ser mamá.

Me habían dicho muchas cosas sobre ser mamá, que te cambia la vida, que no volvés a dormir por mucho tiempo, que tus proyectos laborales quedan de lado, que tenes que hacer todo lo que quieras antes de tener un bebé porque después va a haber una vida dependiendo de la tuya, que se acababan las escapadas de a dos y que es el fin de cualquier salida improvisada.
Me contaron tantas cosas que no las puedo enumerar. Pero hay otras tantas que no me contaron y en mi balanza pesan mucho más.
Nadie me contó sobre el primitivo estado de vulnerabilidad en el que una queda admirando horas y horas a ese bebé que nació, misterioso milagro de la creación.
Tampoco me dijeron que ese traumático momento del nacimiento que el bebe jamás recordará es un momento que queda gravado a fuego vivo en la piel de una mamá. Es un momento que aunque pase la vida entera, al recordarlo indefectiblemente te emocionas.
No me hablaron de lo hipnótica que puede ser la sonrisa de un bebe, de los profundos deseos de convertirte en alguien eterno para acompañarlo siempre, para verlo crecer, que por más centrada y tranquila que puedas ser, existe una fiera indomable adentro tuyo si es para proteger a ese ser.
Olvidaron aclararme que la frase tan reiterada de que una madre da la vida por sus hijos, no era una frase hecha sino que era literal.
Nadie me dijo que no hay poder más curativo que la caricia de un bebe, sus primeros balbuceos y cuando te empieza a responder.
Me habían contado muchas cosas antes de ser mamá, pero la experiencia es tan íntima y tan personal que seguramente algo cambia en cada cual.
Lo que seguramente es cierto e imposible de negar es que todo pasa a un segundo plano cuando escuchas por primera vez esa dulce vocecita que te dice “Te quiero mucho mamá”.


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